“¿Por qué me hice sacerdote?”

Recientemente,nuestro Obispo Diocesano, monseñor Felipe Bacarreza, recibió de un sitio web de México -«El Observador de la Actualidad»- una solicitud de responder a una entrevista electrónica sobre el tema «¿Por qué me hice sacerdote?». Como lo señala nuestro Obispo: “me interesó, porque tiene como finalidad la promoción de la vocación sacerdotal y ésta es una de las prioridades pastorales que tenemos en la Diócesis. Después de mandar las respuestas, pensé que convenía compartirlas también con todos los fieles que tengo más cercanos para que conozcan mejor a su obispo” y por ello, fue publicada en la última edición del boletín diocesano “Surcos” del Obispado de Los Angeles.
-¿Cómo nace en usted la inquietud de ser sacerdote?
Ya he cumplido 32 años de sacerdocio, pues fui ordenado el 17 de abril de 1977. Ese año era el Domingo II de Pascua, «dominica in albis», que ahora ha sido declarado Domingo de la Divina Misericordia. Mirando desde esta perspectiva hacia mi vida, aparte de la gracia de elección de parte de Dios, que es absolutamente libre, discierno tres instancias que fueron decisivas para el nacimiento de mi vocación al sacerdocio: la familia, la escuela y la parroquia.
Soy el tercero de una familia de siete hermanos (tres varones y cuatro mujeres). Nací el 10 de junio de 1948. Nunca vi a mis padres faltar a la Misa dominical. En mi hogar ninguna razón habría podido justificar la falta a la Misa. De esta manera, incluso antes de tener uso de razón, aprendí que la Eucaristía es lo más importante de la semana y que nada podía ocupar su lugar. Durante el mes de María mi mamá nos llevaba a Misa todos los días antes de ir a la escuela.
Estudié en una escuela católica de sacerdotes americanos de la Congregación de la Santa Cruz: el Saint George's College. Teníamos clase de religión todos los días. Aquí nos prepararon para la Primera Comunión. Recibí la Primera Comunión a los siete años y desde ese día son muy pocos los días en que he faltado a la Comunión diaria. Esto lo considero el don más grande que Dios me ha hecho. En mis 32 años de sacerdocio he dejado de celebrar la Eucaristía un solo día. Estaba en el hospital, recién operado de várices en una pierna y no podía ponerme de pie. Obviamente ese día otro hermano sacerdote me llevó la Comunión. Ni los viajes, ni la enfermedad, ni ninguna otra circunstancia fueron suficientes para que pierda la celebración de la Eucaristía. La Eucaristía ha sido el centro absoluto de mi vida; mi vida no se entiende sin ella y mucho menos la vocación al sacerdocio.
Desde que tuve mayor libertad de movimiento, empecé a integrarme a la parroquia, en los grupos juveniles que allí se reunían. Desde pequeño fui acólito. Me apasionaba participar en la Eucaristía, estando cerca del altar. En esa parroquia, era muy numeroso el grupo de jóvenes que participaban en la Misa diaria. Colaboré allí durante todo el tiempo de la escuela media y durante todos los años de estudios de Ingeniería Civil. Del grupo de jóvenes de esos años hoy día hay cinco obispos, miembros de la Conferencia Episcopal de Chile, y más de veinte sacerdotes. Era fundamental la piedad eucarística, la oración y, sobre todo, el Santo Rosario. Allí aprendimos también la importancia de la dirección espiritual, es decir, de un sacerdote a quien se abre el alma y de quien se acogen los consejos como un medio para progresar en el camino de unión con Dios.
Una mención especial, porque es decisiva en mi vocación y en la conservación de ella, es la piedad mariana. Desde que tengo uso de razón el Rosario es una práctica diaria en mi vida. En todos los pasos de mi vida sacerdotal he reconocido públicamente que la Virgen María es quien me ha obtenido la vocación y quien me la ha conservado. Mi lema episcopal son las primeras palabras de la más antigua oración mariana: "Sub tuum praesidium" (bajo tu amparo). Además, Dios me ha concedido que en mi vida episcopal todo tenga el sello de su Santísima Madre. En efecto, mi nombramiento se publicó el 16 de julio de 1991, en Chile es la Solemnidad de Nuestra Señora del Carmen; recibí la ordenación episcopal en 8 de septiembre de ese año, fiesta de la Natividad de María. Mi primer destino fue como Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de la Santísima Concepción donde estuve casi quince años. Y ahora, desde hace poco más de tres años, soy el obispo de Santa María de Los Ángeles. Siempre he procurado difundir al amor a la Madre de Dios, sobre todo, a través del santo Rosario.
Por propia experiencia tengo claro que Dios no sólo elige y llama al sacerdocio a quien quiere, sino también que Él decide el momento. Desde pequeño desee ser sacerdote y anhelaba terminar pronto la escuela para realizarlo. Sin embargo, cuando terminé la enseñanza media entré a la Pontificia Universidad Católica de Chile a estudiar Ingeniería Civil. No era el momento de Dios para realizar mi vocación. Me apasionaba la Ingeniería y tenía facilidad para ella. Mi especialidad es el cálculo de estructuras. Recibí el título de Ingeniero Civil con "Distinción máxima" el 17 de mayo de 1972. Pero durante todos los años de estudio seguía yendo a la Parroquia mañana, mediodía y tarde. Siempre necesitaba más tiempo para Dios: para la oración y para tareas apostólicas. Por eso, a pesar de mi gusto por las ciencias de la Ingeniería, no me llenaba el hecho de tener que dedicar mucho tiempo a calcular un edificio o un puente o lo que fuera. En el último año de Ingeniería ya tenía claro que mi felicidad consistiría en dedicar a Dios todo mi tiempo y toda mi vida en el sacerdocio. Mientras preparaba mi tesis de Ingeniería que tenía el título: "Cálculo estructural de losas delgadas por el método de elementos finitos", ya estaba estudiando en la misma Universidad Católica filosofía y latín. Después del examen de grado y de recibir el título de ingeniero, entré al Seminario el 21 de junio de 1972. En realidad, ese paso consistió en declarar públicamente mi condición de seminarista e irme a vivir a la misma Parroquia donde yo participaba, mientras continuaba los estudios en la Facultad de Teología de la U.C. Eran tiempos de mucha confusión y el Seminario de Santiago se había cerrado para dispersar a los seminaristas en pequeñas comunidades en los barrios.
Esta experiencia me dio la certeza de que en nuestra vocación Dios tiene la iniciativa en todo. Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo con la vocación universal a la santidad -«para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia por el amor» (cf. Ef 1,4)-, Él decidió el momento concreto de la historia en que cada uno venga a la existencia; Él decidió en qué lugar y de qué padres; Él decidió con qué características intelectuales y físicas. Todo esto, es decir, casi todo, es anterior a nosotros y sin nuestra participación; simplemente se recibe. La vocación concreta de cada uno también es iniciativa y decisión de Dios, pero ésta acontece dentro de nuestra vida consciente y requiere para su cumplimiento del consentimiento de cada uno. Pero ese consentimiento no se da sin la acción de la gracia divina. Por tanto, la vocación concreta de cada uno no puede perderse nunca, pues Dios es fiel y no cambia. Si la persona se mantiene en la gracia de Dios y mantiene la intención de cumplir la voluntad de Dios, tarde o temprano, encontrará el camino que Dios le ha trazado. Pierde su vocación solamente quien se aleja de Dios y vive en el pecado. La Beata Juana Juegan, que será canonizada por el Papa Benedicto XVI el próximo domingo 19 de octubre, tuvo claro desde muy joven que Dios la llamaba para algo grande; pero no lo descubrió ni lo pudo realizar sino a los 47 años de edad: su vocación era ser la fundadora de las Hermanitas de los Pobres.
Después de mi ordenación sacerdotal estuve poco tiempo como Vicario Parroquial en Santiago y luego fui enviado a Roma a estudiar la Sagrada Escritura en el Instituto Bíblico entre los años 1979 y 1982. En el año 1983 fui llamado a Roma a trabajar al servicio de la Santa Sede en la Congregación para la Educación Católica. Tuve la misión de ocuparme de los Seminarios de América Latina y de los problemas relacionados con la formación sacerdotal en este Continente. En esa misión estaba cuando en el año 1991 se me comunicó el nombramiento de Obispo Auxiliar de Concepción en Chile. Fui ordenado obispo en la Catedral de Concepción y serví en esa Iglesia como Auxiliar hasta el año 2006. El 12 de marzo de ese año, tomé posesión de la diócesis Santa María de Los Ángeles, a la cual sirvo en este momento con plena satisfacción.
-¿Cómo describiría su vida sacerdotal?
El sacerdocio no ocupa una parte de la persona, sino toda la persona. No hay algún momento en la vida del sacerdote que no esté penetrado por esta realidad. El sacerdocio de Cristo debe ser una realidad connatural con el sacerdote, porque el sacerdote no sólo tiene que imitar a Cristo, sino ser otro Cristo. Esto es lo que significa que el sacerdote actúe «en el nombre de Cristo». En la mentalidad semítica, el nombre está en el lugar de la persona. Por tanto, el sacerdote actúa «en la Persona de Cristo» y esto no se puede sino siendo otro Cristo.
Mi anhelo profundo como sacerdote es ser otro Cristo. Toda la vida de Cristo gira en torno a una doble misión: procurar la gloria de su Padre y obtener la salvación del género humano. Lo primero se obtiene a través de lo segundo. En efecto, «la gloria de Dios -como afirma bien San Ireneo- es el hombre en posesión de la vida eterna; pero la vida eterna del hombre es la visión de Dios». Y esta visión es la que ofrece Jesús, tal como Él mismo lo declara: «El que me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9) Esta misma visión la debe ofrecer el sacerdote de Cristo. Obviamente soy un pecador y estoy muy lejos de alcanzarlo, pero este es mi anhelo.
Mi vida sacerdotal gira en torno a la Eucaristía. La Eucaristía es el punto central y luminoso de cada día. Toda la jornada se organiza en torno a ese punto. Otros puntos que no pueden faltar en cada jornada son la Liturgia de las Horas, el Santo Rosario, la meditación del Evangelio de cada día, la lectura de la Sagrada Escritura (La Sagrada Escritura la leo entera cada año). Considero que mi labor pastoral principal y más eficaz es la oración. Después vienen todos los otros deberes pastorales: santificar a los fieles, instruirlos y dirigirlos. Dedico mucho tiempo a la dirección espiritual y ahora, como Obispo, debo dedicar tiempo al gobierno de la diócesis, incluso en asuntos de administración. Siempre he mantenido la docencia de la Sagrada Escritura en el Seminario de Concepción y también el comentario al Evangelio del domingo, que se publica en diversos medios de comunicación. Una parte importante del ministerio de santificación del Obispo consiste en la administración del Sacramento de la Confirmación.
Soy sumamente feliz en el sacerdocio. No me canso de dar gracias a Dios por este don. Nunca me he puesto en el caso de estar en otro estado. No comprendo que alguien escuche el llamado de Dios y lo rechace.
-¿Cuáles han sido los retos más simbólicos que ha enfrentado como sacerdote?
Tal vez el desafío más propio de su condición que debe enfrentar hoy un sacerdote es vivir y ejercer su ministerio en un mundo cada vez más secularizado y donde el sacerdote es menos comprendido y apreciado. Por eso el Papa Juan Pablo II se vio en la necesidad de decir: «Ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana» (Pastores dabo vobis, 39,2). Yo también he sentido este desprecio a mi condición de sacerdote y a veces hasta antipatía. Pero en esos casos me da fuerza la advertencia de Jesús: «Serán odiados por todos a causa de mi Nombre» (Mt 10,22). Todavía no he tenido que sufrir hasta ese extremo. Al contrario, por ser sacerdote, gozo de mucho aprecio de parte de mi familia que siempre me ha apoyado y también de muchos fieles.
-¿Qué experiencias como sacerdote lo han dejado más impactado?
Lo que más me ha impactado en mi vida de sacerdote ha sido la ordenación sacerdotal misma y en la misma medida la ordenación episcopal. Fui ordenado sacerdote poco antes de cumplir 29 años. Después que terminó la celebración del Sacramento y la fiesta sucesiva, una vez que me quedé solo en mi cuarto, recién sentí todo el impacto de lo que me había ocurrido, lo que Dios había hecho conmigo. Era demasiado el gozo. Me volvía sobre mí mismo y me decía: «Tú, el mismo miserable de siempre, ahora eres sacerdote». Trataba de comprender el misterio de haber sido asumido por Cristo para compartir su sacerdocio y no podía abarcar toda su grandeza. Me consolé pensando que para eso disponía de toda la vida; y de toda la eternidad y que aun así nunca lograría agotarlo. Han pasado 32 años y nunca me ha abandonado la experiencia de ese día ni el gozo de ser tan inmerecidamente sacerdote de Cristo.
El mismo impacto recibí en mi ordenación episcopal. Pero ya estaba más maduro. Tenía 43 años de edad y 14 de sacerdocio. Fue una renovación y una planificación de aquella experiencia primera.
Me impacta siempre poderosamente la acción de la gracia en las personas. Tal vez el Sacramento en que la acción de la gracia es más visible es la Unción de los enfermos. En los años transcurridos en Roma al servicio de la Santa Sede visitaba todas las semanas una clínica con enfermos de cáncer. Fueron muchas las Unciones de enfermos que administré. Nunca ocurrió que un enfermo se opusiera. En cambio, todos, a pesar de estar sufriendo muchos dolores físicos y morales, como efecto del cáncer, al recibir ese Sacramento, terminaban con una sonrisa y con visible gozo. Es un milagro incomparable. Muchas veces se experimenta un impacto semejante en la administración del Sacramento de la Reconciliación Penitencial.
-¿Cuál considera que es la tarea más difícil para un sacerdote?
Sin duda, la tarea más difícil para un sacerdote es el anuncio de la verdad cuando ésta no es grata para los oyentes. La tarea más difícil es llamar bien al bien y mal al mal según la verdad anunciada por Jesucristo. El sacerdote es maestro de una verdad cuyo origen no está en él, sino en Dios y más concretamente en Cristo y en la Iglesia de Cristo. Es maestro de una verdad que le ha sido confiada para que la enseñe con fidelidad: «Hagan discípulos enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19.20). Adherir plenamente al Magisterio de la Iglesia y exponerlo fielmente, sin escabullir los temas incómodos, es la tarea más difícil para el sacerdote. Y no lo es sólo para el sacerdote de hoy; le ha sido siempre. Es la experiencia del mismo apóstol San Pablo: «Como lo tenemos dicho también ahora lo repito: Si alguno les anuncia un evangelio distinto del que han recibido, ¡sea anatema! Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O es que intento agradar a los hombres? Si tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gal 1,8-10). Lo decía también el Santo Cura de Ars: «Si bajando del púlpito un sacerdote tuviera que sufrir el martirio a causa de la verdad del Evangelio que ha predicado, no estaría mal».
Jesucristo fue crucificado por anunciar la verdad que a nosotros nos salva. La causa de su muerte la expresan claramente las autoridades judías ante Pilato: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn 19,7). Si Jesús hubiera silenciado su condición de Hijo de Dios o, peor aun, si hubiera anunciado algo distinto, nosotros no estaríamos salvados. En efecto, lo que él hizo y enseñó «ha sido escrito para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre» (Jn 20,31).
La tentación de acomodar la doctrina para agradar a los hombres y caer bien, sobre todo en los temas morales emergentes, es grande. La tarea más difícil es resistir esa tentación y enseñar la doctrina del Magisterio con fidelidad e integridad. La norma suprema la formula San Pablo: «Anunciar la verdad en la caridad» (Ef 4,15), sabiendo que la caridad consiste en procurar el bien del otro: «La caridad no hace mal al prójimo» (Rom 13,10), y que el bien supremo del otro, el que debe interesar más al sacerdote, es que tenga vida eterna.
Fuente: Surcos, Diario la Tribuna.
















