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Home Sínodo Diocesano Información General ¿Quien Convoca y quienes participan?
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¿QUIEN CONVOCA Y QUIENES PARTICIPAN?

 

El Obispo diocesano es quien convoca y dirige el Sínodo, a través de las siguientes acciones principales:

 

·         Decide y publica la convocatoria del Sínodo.

·         Propone los temas a tratar en las asambleas sinodales

·         Preside las sesiones del Sínodo, aunque puede delegar esta función para cada sesión.

·         Suscribe las declaraciones y decretos sinodales, en su carácter de legislador.

·         Promulga y ordena las publicación de todos los documentos sinodales.

 

La Congregación para los Obispos y la Congregación para la Evangelización de los pueblos, de la Santa Sede, han emitido una “Instrucción sobre los Sínodos Diocesanos”. En este documento encontramos bien definido el rol del Obispo:

       “El Obispo dirige efectivamente las discusiones durante las sesiones sinodales y, como maestro auténtico de la Iglesia, enseña y corrige cuando es necesario. Tras haber escuchado a los miembros (del Sínodo), a él le corresponde realizar una tarea de discernimiento, es decir, de “probarlo todo y retener lo que es bueno”, en relación con los diversos pareceres expuestos” (Instrucción sobre los Sínodos Diocesanos”, Cap I, Nª 2).

 

Por su parte, los integrantes del Sínodo (sinodales) son los siguientes:

 

1.- Por derecho propio:

 

·         El Obispo Coadjutor y los Obispos Auxiliares, si los hay

·         Los Vicarios General, Pastoral y Judicial.

·         Los canónigos de la Iglesia Catedral, si los hay.

·         Los integrantes del Consejo de Presbiterio.

·         El rector del Seminario, si lo hay

·         Los Decanos.

 

2.- Miembros electivos:

 

·         Las y los Laicos y miembros de institutos de vida consagrada, elegidos por el Consejo Pastoral, en la forma y número que determine el Obispo Diocesano.

 

·         Al menos un presbítero de cada decanato, elegidos por todos los que tiene en el la cura de almas; y otro presbítero que lo sustituya eventualmente.

 

·         Algunos superiores de Institutos religiosos y de Sociedades de Vida Apostólica presentes en la Diócesis (si los hay), según numero y manera que determine el Obispo.

 

 

 

3.- Por libre nombramiento episcopal:

 

     * otros clérigos (incluyendo diáconos permanentes), miembros de Institutos, de Vida Consagrada o laicos, que reflejen las distintas vocaciones eclesiales o compromisos apostólicos, que no hayan quedado representados entre los miembros electivos.

 

4.- INSTRUCCIÓN PARA LA PARTICIPACIÓN EN LOS SÍNODOS  DIOCESANOS.

 

          Volvemos a la “Instrucción sobre los Sínodos Diocesanos” para comprender mejor las distintas formas de participar:

 

“Los sinodales legítimamente designados tienen el derecho y la obligación de participar en las sesiones (Inst., Cap II, Nº 5).

 

 

 

Y citando el canon 464 del Código de Derecho Canónico, la “Instrucción” prosigue:

 

 “Si un miembro del Sínodo se encuentra legítimamente impedido, no puede enviar un procurador que asiste en su nombre; pero debe informar al Obispo diocesano acerca de este impedimento” (Inst., Cap II, Nº 5).

 

El aporte principal de los sinodales (laicos, pastores y consagrados) es el de formular su parecer o cu voto acerca de los temas propuestos por el Obispo en el Sínodo. Se trata de un voto “consultivo”, dado que el Obispo es libre de acoger o no estas opiniones o pareceres, lo cual no significa ignorar su importancia. No es solo un “asesoramiento externo” el que dan los sinodales, porque ellos representan una gran responsabilidad en las conclusiones y resultados del Sínodo.

          Los sinodales, en efecto, son elegidos por su experiencia en la Iglesia y por los consejos que pueden entregar y es por ello que colaboran activamente en la elaboración y redacción de los documentos sinodales (Declaraciones y Decretos) (Inst., Cap I, Nº 2)

 

El Obispo también puede incorporar al Sínodo como observadores “a algunos ministros o miembros de Iglesias, o de comunidades eclesiales que no estén en comunión plena con la Iglesia  Católica” (Inst., Cap II, Nº 6).

 

Es de suponer que todos los miembros sinodales están y se sienten en plena comunión con la Iglesia y buscan el bien de todos los fieles de la Diócesis, por lo que el Obispo tiene derecho y deber de remover, a aquellos miembros sinodales que se aparten de la sana doctrina o que rechacen la autoridad episcopal (Inst., Cap II, Nº 5).

 

 La finalidad principal del Sínodo Diocesano es prestar la ayuda al Obispo en el ejercicio de su función conductora del pueblo de Dios, para el bien de toda la comunidad diocesana. Por lo tanto, el Obispo y los convocados como sinodales ejercen una doble responsabilidad:

 

·         El Obispo los llama a colaborar con él en su oficio de gobernar a la Iglesia que le ha sido encomendada.

 

·         Los sinodales prestan su ayuda al Obispo como cooperadores de la edificación del Pueblo de Dios presente en la Diócesis.

 

 

Lo que define el bien de toda la comunidad diocesana (la finalidad esencial del Sínodo) son los valores de la Comunión y de la Misión, aspectos inseparables de esa finalidad. (Inst., Cap I, Nºs 1,2 y 3).

 

 

5.- ¿CÓMO PARTICIPAREMOS Y CON QUÉ ESPÍRITU Y ACTITUDES?

 

 

Se proponen algunas actitudes específicas, de carácter personal y espiritual, que nos pueden ayudar a enfocar mejor nuestro trabajo sinodal. Como toda propuesta, puede ser enriquecida con otros aportes o sugerencias en cada unidad eclesial donde se desarrolle el Sínodo.

 

    * Disponibilidad:

 

Significa apertura al Espíritu de Dios. El Sínodo es una actividad humana, pero realizada al interior del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, de acuerdo a lo que Dios quiere para nuestra Diócesis y en una actitud atenta al cambio de vida, a la conversión, a la escucha de los demás, a la superación de los prejuicios, a la superación de los problemas y dificultades.

 

 

    * Fraternidad:

 

Como el Sínodo implica caminar juntos, se trata de aportar nuestras opiniones, comprender las opiniones ajenas, compartir nuestra experiencia, abrirnos a los otros, comprender al hermano, dar de lo nuestro y aceptar lo de los demás, y, por sobre todo, ejercer la caridad y el amor cristiano, que nos caracteriza.

 

    * Servicio: 

 

Es un trabajo largo, que a veces se hará difícil o cansará. Es una experiencia nueva. No sabemos a que caminos nos conducirá. Por lo mismo, necesitamos todos estar dispuestos a ayudar, a servir, a superar eventuales conflictos, a alivianar los momentos de tensión. No estamos para ser servidos, sino para servir, como lo enseña Jesús. No buscaremos brillar nosotros, sino la luz de Cristo, el bien de la Iglesia Diocesana, la gloria de Dios.

 

    * Discernimiento:

 

No buscaremos hacer una planificación meramente humana. Es la Palabra de Dios, es la voz del Espíritu la que procuraremos escuchar. El tema de fondo del Sínodo será la construcción del Reino a la luz de nuestra realidad. Descubriremos lo que la voz de Dios nos quiere interpelar y decir. ¿Qué espera Dios de nosotros en la Diócesis? ¿Qué haría Jesús hoy en nuestro tiempo y lugar?

 

    * Apertura al mundo:

 

No estamos solos en la sociedad. La Iglesia de Santa María de Los Ángeles está inserta en un lugar específico y en un momento histórico concreto. El Concilio vaticano II nos lama a amar y servir al mundo, aunque no siendo del mundo. No podemos quedarnos en una mirada intraeclesial, sino que nuestras referencias deben estar colocadas en las dimensiones sociales, políticas, económicas y culturales, que son los ámbitos propios de nuestra evangelización y de servicio al mundo.

 

      Espíritu eclesial:

 

    * El Sínodo es una acción de la Iglesia, en la Iglesia y por amor a la Iglesia, quienes participen, desde el Obispo hasta el último miembro sinodal, actuaremos siempre inspirados por ese amor, que viene de Dios. La finalidad primordial del Sínodo es siempre el bien de la comunidad eclesial. Nuestra participación será con mucha gratitud por todo el bien que Dios ha derramado en nuestra Diócesis, pero también con gran comprensión y misericordia por nuestra faltas y pecados, porque solo de Dios proviene el perdón y la bondad. Ello requerirá no solo un gran cariño por la Iglesia Católica, sino también un espíritu de auténtico ecumenismo y apertura a nuestros hermanos de otras Iglesias o Comunidades Eclesiales cristianas.